jueves, 28 de septiembre de 2017

LA REFORMA DEL EJÉRCITO


LA REFORMA DEL EJÉRCITO




Muchos han visto el final de la Guerra de Sucesión con el Tratado de Utrecht y el desmembramiento de los territorios bajo soberanía española como el inicio de la decadencia del poder español. Aunque las reformas de la nueva dinastía Borbón supusieron mejoras y modernización en muchos sentidos, la reputación de ejército y la marina dejaba mucho que desear. Un observador inglés escribía a comienzos del siglo XVIII “Aunque España ha hecho algún avance al comienzo del siglo, las tropas españolas siguen desanimadas, ahogadas, pobres, no pagadas, desnudas, sin oficialidad, un paquete indisciplinado de miserias”.

Felipe V comenzó las reformas en el ejército reorganizándolo, modernizándolo y aumentando sus efectivos gracias a Patiño (verdadero transformador del ejército). Con esta herramienta emprendió una serie de campañas y expediciones limitadas conforme a las posibilidades económicas de la Hacienda Real (Cerdeña, Sicilia, Orán, etc.).


Los efectivos disponibles para la defensa de tan vastos territorios eran proporcionalmente reducidos y la unidad básica de infantería era el “Tercio”, que se encontraba claramente desfasado para las técnicas y agrupaciones de la época. El Ejército francés pasó a ser el espejo en el que se basan la reformas de las fuerzas españolas. En 1704 comenzó la transformación de los antiguos tercios españoles (infantería y caballería) en nuevas unidades denominadas regimientos. De esta forma la unidad básica pasaba de 3.000 a 600 hombres y en su denominación desaparecía el nombre de su comandante por la denominación geográfica de su procedencia, a pesar de lo cual pervivieron muchas tradiciones el ejército de los Habsburgo.



Paralelamente al resto de Europa se inició una progresiva profesionalización del ejército, tanto en tropa, como sobre todo en mandos. Comenzó así la formación académico/militar de la oficialidad, cuya procedencia deja de ser un monopolio de la aristocracia.

Carlos III pretendía situar a España entre las principales potencias europeas, para lograrlo una de las reformas que primero emprendió fueron las de la armada y el ejército. Esta necesidad se hizo evidente tras la participación de España en la Guerra de los Siete Años (1756-1763) en la que el ejército demostró una patente falta de preparación.

El monarca prestó gran atención a los asuntos militares. A pesar de las importantes transformaciones comenzadas con su abuelo, la realidad imponía la ampliación y continuación de estas.

Carlos III dejó un poco de lado el modelo francés y se fijó en el modelo prusiano, para lo cual comisionó varios oficiales para que visitasen las principales academias prusianas. Con estos datos renovó el sistema de enseñanza militar. 


En 1764, las escuelas de artillería de Cádiz y de Barcelona se unificaron y se establecieron en Segovia. Paralelamente, se dotó a este cuerpo con cañones pesados y con este fin se crearon fundiciones en Liérganes y La Cavada, Sevilla y Barcelona y se recurrieron a expertos fundidores extranjeros.

También fundó la Academia Militar de Ávila para reformar la caballería, infantería e ingenieros. La Academia de infantería de Ávila pasó a Puerto de Santa María posteriormente, la de caballería se instaló en Ocaña y la de artillería en Segovia.

La infantería adoptó la táctica de línea con tres en fondo, lo que permitía gran potencia de fuego, pero requería gran disciplina de movimientos. También se desarrolló una infantería ligera que luchaba a modo de guerrilla como estaba de moda en Europa en ese tiempo.


La caballería fue entrenada para cargas masivas coordinadas, aunque no se abandonó la antigua fuerza de dragones que actuaba más individualmente. 


También se trató de abordar otro de los problemas crónicos del ejército español: los abastecimientos o logística en todas sus facetas: alimentos, pólvora, balas, uniformes, botas… Por decreto 4 de octubre de 1766 se adjudicaron pagas a los soldados. También se les adjudicó uniforme ya que en algunos casos el soldado tenía que comprar su propia comida y parte de su equipo. Paralelamente se trató de normalizar y racionalizar los suministros y de controlar la labor de los intendentes.


Aumentó y reorganizó las milicias provinciales. Una ordenanza de 1766 mandó reclutar milicias en las principales poblaciones de España. El número de soldados de la milicia se distribuía en función del vecindario de cada pueblo de la provincia. Los requisitos de ingreso eran semejantes a los que exigía el ejército. Las milicias permanecían normalmente en la provincia de origen de los reclutas. Los milicianos tenían un fuero especial, semejante al militar. Y desde un cuerpo de milicias se podía pasar al ejército regular.

Modificó el sistema de recluta introduciendo el sistema de quintas. Hasta el momento el ejercito cubría sus necesidades de reemplazos de varias formas. Voluntariamente mediante el enganche o recluta con el que su cubrían parcialmente las necesidades de hombres que no se alcanzaban de forma convencional e incluían extranjeros (p.e. regimientos valones o italianos). Forzosamente mediante las levas forzosas, a las que se recurría de forma eventual en períodos de guerra y mayor necesidad de hombres. Fueron famosas las "levas forzosas de vagos y malentretenidos", suponían la inclusión de criminales, mendigos y vagos. Este colectivo hacía muy difícil la disciplina militar y pronto se abandonó. También obligatorio era el sistema de quintasEn 13 de diciembre de 1770 se implantó el sistema de quintas anuales, modificando el sistema de reemplazos en el ejército o realización de quintas cuando parecía conveniente. Carlos III había constatado que los regimientos no podían cubrir sus bajas con la recluta ordinaria y por ello dio la Real Orden de 13 de noviembre de 1770 imponiendo un sistema de quintas para mozos de 17 a 36 años por sorteo en quintas. Los afectados por el sorteo no podrían ser sustituidos, pero debían poseer las mismas condiciones físicas que se exigían a los reclutas ordinarios aunque eximían a muchos colectivos. Esta Real Orden estuvo vigente hasta 1800.

Pero la principal aportación de Carlos III fueron Las Ordenanzas militares de 1768En 1768 se aprobaron las Ordenanzas de S.M. para el Régimen, Disciplina, Subordinación y Servicio de sus Ejércitos de 22 de octubre de 1768.  Carlos III realizó unas nuevas y exhaustivas Reales Ordenanzas para el ejército que era un compendio que regulaba prácticamente todos los aspectos necesarios para el funcionamiento del ejército, y que estuvieron formalmente vigentes hasta la reforma de 1978, las más longevas. 


Se organizaba el ejército en regimientos y se establecía su régimen económico. 
Se fijaban los deberes y competencias de cada escalafón militar, lo cual era la primera vez que se hacía, y pareció una afrenta a los nobles, sobre todo porque fijaba los ascensos sin tener en cuenta la posición social ni la antigüedad en el ejército, sino la idoneidad para el cargo.
Se fijaban los honores militares debidos a las autoridades del Estado y del ejército.
En infantería y caballería se incorporaron tácticas prusianas de formación militar, manejo de arma y evoluciones de la infantería, y se cambió del tradicional orden de combate profundo francés, al orden abierto prusiano.
Se fijaban los trabajos de guarnición en tiempos de paz.
Se fijaban los servicios en tiempos de campaña militar.
Se organizaba la justicia militar.
El soldado debía permanecer 7 años si servía en infantería, u 8 en caballería, y eran equivalentes a 10 los años de servicio en milicias de cara a los cambios de destino entre ellos. 

En resumen, Carlos III puso las bases de un ejército permanente, nutrido principalmente, por un servicio militar obligatorio de quintas y modernizado en material, técnicas y formación.





jueves, 21 de septiembre de 2017

PASIÓN POR EL CHOCOLATE


PASIÓN POR EL CHOCOLATE EN EL MADRID DE LAS LUCES



Como decía Jovellanos, el siglo XVIII español fue un siglo sembrado de «semillas de luz», que con el correr del tiempo darían «frutos de ilustración y de verdad». «El glorioso empeño de ilustrar la nación para hacerla dichosa», en expresión también de Jovellanos, se manifestó a lo largo del siglo de mil modos y maneras, y no fue el menor empeño lograr que los españoles tuvieran una mejor alimentación.
El progreso general ofreció a la mayoría una mesa más abundante, más variada y de más calidad.
Característico de la época fue el triunfo de productos antes exóticos como el tomate, el chocolate y el café, que se hicieron cotidianos, en tanto que otros comenzaron entonces a introducirse con dificultades, como la patata como ya hemos visto antes.
El chocolate fue la primera bebida estimulante no-alcohólica que llegó a España y a diferencia de otros productos alimenticios americanos, fue aceptado rápidamente.
Con la llegada al trono español de la casa de los Borbones los monarcas se aficionaron rápidamente a esta bebida.

Previamente, el cacao había llegado a España con Hernán Cortés, quien la introdujo en la corte. Este chocolate en su preparación original tuvo una aceptación relativa.
Pero será la mezcla de cacao con azúcar, canela y vainilla cuando el chocolate alcance su forma más aceptada. Su uso se popularizó entre todas la clases sociales.

Llegados a este punto, como el suministro de cacao era muy irregular, Felipe V decidió dar un impulso a su comercialización creando una compañía comercial (La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas) que garantizara su suministro. De esta forma se multiplicaron los puestos de chocolate en la calles de Madrid. Según un manuscrito del Archivo Histórico Nacional en los últimos años de ese siglo se había “introducido de tal manera el chocolate y su golosina, que apenas se hallará calle donde no haya uno, dos y tres puestos donde se labra y vende; y a más de esto no hay confitería, ni tienda de la calle de Postas, y de la calle Mayor y otras, donde no se venda, y solo falta lo haya también en las de aceite y vinagre”. Aunque donde se disparó el consumo fue en la corte. Ya en tiempos de Carlos III, llegó a demandar 12 millones de libras de chocolate al año. Aunque esta popularización llegó a tener un efecto negativo en la incipiente industria chocolatera española, pues las costumbres del momento llevaban a moler y preparar el chocolate en casa, costumbre que limitó el despegue de este sector.

¿Pero que sabemos de Carlos III y el chocolate?. Es conocida la austeridad y rigidez o rutina en las costumbres de monarca al que solo se le conocían dos pasiones: la caza y el chocolate. Frugal en la comida, tenía verdadera pasión por el chocolate, no en vano era su desayuno preferido, todas la mañanas almorzaba una jícara antes de comenzar a trabajar, siempre en la misma taza y solicitaba que se empleara en su repostería. Apreciado por el monarca,y según su biógrafo "cuando había acabado la espuma entraba en puntillas con la chocolatera un repostero, y como si viniera  a hacer algún contrabando, le llenaba de nuevo la jícara". En la corte se convirtió en “producto estrella” de desayunos y meriendas dándoles una nueva dimensión social. Su apreciación hizo del chocolate el regalo ideal entre las clases altas e incluso como regalos de estado.

Una curiosidad: La difusión del chocolate por Europa hizo que surgieran diferencias nacionales. En Francia el cacao se mezcló con azúcar y leche. Se tomaba batido y espumoso y preferentemente frío, mientras que en España se prefería la forma americana de preparar el chocolate con canela y vainilla, espeso y muy caliente. De esta diferencia nació en el siglo XVIII el dicho “las cosas claras y el chocolate espeso”.

jueves, 14 de septiembre de 2017

LIMPIANDO MADRID


LIMPIANDO MADRID



Cuando Carlos III llega a Madrid se encuentra una ciudad con un aspecto deplorable en lo tocante a la limpieza pública. 

En 1760 contaba con algo menos de 150.000 habitantes, para los que no contaba con agua suficiente y las calles no merecían el nombre de tales. El invierno era particularmente dramático: el lodo confería a la ciudad un aspecto de degradación y suciedad aumentado. Fernán Núñez, el biógrafo oficial del rey, no duda en calificar a la capital de auténtica "pocilga": lodos, basuras y excrementos componían un cuadro indescriptible y maloliente.



He aquí, descrito por Fernán Nuñez, el insólito procedimiento de limpieza:

"La villa tenía una porción de carros o cajones bajos, sin ruedas, que en lugar de ellas tenían unos maderos redondos, tirados por una mula, que dirigía el que iba de a pie, y así se iba arrastrando todo lo grueso de la inmundicia. Este paseo, que generalmente se hacía de noche, iba precedido por gentes con hachas, que marchaban delante, a los lados y detrás de los carros y enseguida de éstos venían muchos hombres en una fila, con escobas, que iban barriendo lo que ellos no podían arrastrar. Esta pestífera comitiva cuya fetidez, como puede creerse, se anunciaba desde muy lejos, se dirigía a a varias alcantarillas, sumideros grandes que había en varios puntos de la villa, cuyas casas inmediatas estaban infectadas de sus hálitos".

Y comenta graciosamente:

"Si Don Quijote se hubiera encontrado de noche este pestífero y lúgubre acompañamiento, es probable creyese que todas las parcas del abismo venían a caer sobre él, y que hubiese ensuciado su lanza contra aquella inmunda comitiva para deshacer un entuerto que seguramente ya había ocasionado más de cuatro".

Este curioso procedimiento de limpieza había sido bautizado con el nombre de "la marea".

Por otra parte, los cerdos paseaban libremente por la ciudad, no había prácticamente iluminación nocturna y toda clase de ladrones esperaban en las esquinas al ingenuo que se aventurase a pasear más allá del atardecer. Con todo esto, la necesidad de llevar a cabo una profunda reforma resultaba imperiosa. 

Procedente de su apacible palacio napolitano, Carlos III debió quedar estupefacto ante tan increíble estado de cosas. Y pronto presentó Carlos III un proyecto de reforma de la villa que fue aprobado por el Consejo. Básicamente ordenaba limpiar las calles y empedrarlas; los caseros deberían "embaldosar el frente y costados, colocar canales en toda la anchura del arroyo, construir conductos para las aguas de la cocina y otras menores de limpieza, con sumideros o pozos para las aguas mayores". Las basuras serían recogidas y trasladadas fuera del casco urbano. Quedaba prohibido la presencia de cerdos en las calles. Se creaba una policía urbana para mantener el orden y sería obligatorio que en las escaleras luciera un farol.

Lo chocante es que el pueblo madrileño acogió mal estas medidas, como si le costase desprenderse de tanta suciedad. Entonces comentó Carlos III:

“Mis vasallos son como los niños: lloran cuando se les lava..."

Esquilache movilizó todas sus energías para que se cumplieran las disposiciones. Sabatini se concentró en proyectos de embellecimiento y hasta diseñó unos carros de basuras que, con malicia, el pueblo bautizaría con el nombre de "chocolateras de Sabatini".



Una resistencia tan incomprensible sólo podía llevar a Carlos III a concluir que era aquel un pueblo anclado en infantiles torpezas, con lo cual quedaba bien justificado para él el principio de gobernar "para el pueblo pero sin el pueblo"

jueves, 20 de julio de 2017

MEJORANDO HÁBITOS


COMIENZA A USARSE EL AGUA DE COLONIA




Dentro de las numerosas reformas que Carlos III emprendió se encuentran los campos de la higiene y las costumbres. Cuando llegó a Madrid la suciedad y la falta de hábitos higiénicos era evidente entre sus súbditos. Los cambios que traía, supusieron más de una resistencia, aunque eso será materia en otras publicaciones, pero no a todos.

(agua de colonia de uso masculino en envase de "bota")

En aquellos años, se puso de moda entre las mujeres, especialmente de la aristocracia el uso del agua de colonia, “Eau de Cologne”, creada a principios del siglo XVIII por el italiano de origen español Giovanni María Farina (1685-1766). Esta fragancia al ser más suave que el perfume francés se hizo muy demandado por la élite femenina española. Su nombre proviene de la ciudad alemana de Colonia (Köln) donde fue creada en 1709.  

(Farina mostrando por primera vez su producto)

Aunque su uso pronto alcanzó éxito en los territorios germanos, fue Francia su principal consumidor. Primero se popularizó entre los oficiales de los ejércitos franceses acantonados durante la Guerra de los Siete Años. Luego, ellos mismos propagaron su distribución, pues les mandaban ejemplares a sus esposas, novias y amigos. 

Fue tan grande la demanda del agua de Colonia en ese país, que la década de los años 1750 a 1760, se consideró prácticamente un negocio francés.

La fama de este producto pronto llegó a España, lo que junto a la influencia francesa hizo que ponto fuese adoptada por las damas de la corte. Aunque inicialmente estaba pensada para ser usada por mujeres y hombres (especialmente asociado al afeitado ya que Farina era barbero) no tuvo tanta aceptación entre en género masculino peninsular, menos propenso a los cambios de hábito, aunque ese aspecto ya lo veremos cuando abordemos el motín de Esquilache. 

jueves, 6 de julio de 2017

CUANDO LAS PATATAS LLEGARON A NUESTRAS MESAS


LA PATATA: CARLOS III EL IMPULSOR DE SU CONSUMO
(El movimiento de la Ilustración, atento a todos los progresos agrícolas del momento, apostó por fomentar la siembra de nuevas especies para solucionar el problema del hambre y la carestía del trigo. Así, apadrinada por los ilustrados franceses, fue como la patata triunfó por fin en España.)


Al igual que en España, existe cierto embrollo a la hora de fechar la llegada de la patata al resto de Europa. Es posible que viajara a Nápoles y Flandes de la mano de los tercios españoles, que la consumían como alimento barato para soldados y animales de carga. A otros países llegó directamente de América o a través de botánicos y naturalistas o por relaciones diplomáticas debido a que se le atribuían propiedades medicinales.
(Esquema de la difusión del cultivo de la patata)

A mediados del siglo XVI la papa estaba ya presente en Inglaterra, Irlanda, Italia, los Países Bajos y Alemania. A pesar de la reticencia inicial de los labradores, demostró ser un cultivo ideal: crecía en tierras frías, daba grandes cosechas y podía sustituir los hidratos de carbono del trigo u otros cereales en la alimentación.
(Los comedores de patatas de Van Gogh)
Su popularidad se incrementó durante la Pequeña Edad de Hielo del siglo XVIII y en épocas de guerra, puesto que al estar oculta dentro de la tierra no era arrasada por los ejércitos enemigos.
El éxito de la patata se hizo esperar. Antoine Parmentier, agrónomo y farmacéutico mayor de la Casa Real de los Inválidos e introductor de la patata en Francia, conoció de primera mano los beneficios alimenticios del tubérculo en sus días como prisionero de Prusia durante la Guerra de los Siete Años.
(Antoine Parmentier)

Hasta el momento era un cultivo de jardín apreciado por la estética de sus flores o al que se le atribuían propiedades medicinales o afrodisíacas, destinado a la alimentación del ganado, principalmente para los cerdos o  para los indigentes de los hospitales o prisiones.
Ya de vuelta a Francia, se dedicó a los estudios de nutrición y centró su atención en esta planta, cuyo cultivo estaba prohibido en Francia por considerar que causaba la lepra.
Las frecuentes crisis alimentarias hacían urgente encontrar fuentes de alimentación alternativas ,y en este sentido,  la Academia de Besançon convocó un concurso en 1772 para encontrar “plantas capaces de sustituir las comidas habituales para alimentar al hombre en épocas de escasez” que fue ganado por Parmentier. Pero a pesar de su encendida defensa de este cultivo, no logró superar la reticencia general.
Viendo la cerrazón mental tan extendida, Parmentier recurrió a la astucia. En 1787: plantó patatas en cincuenta y cuatro fanegas de tierra que el rey Luis XVI le concedió en las afueras de París y puso guardias a vigilarlas de noche, dando a entender su gran valor y advirtiendo a los centinelas para que hicieran la vista gorda ante posibles robos. La gente dedujo que si los privilegiados apreciaban tanto la patata no debía ser tan mala.

Dicho y hecho, las parcelas eran saqueadas regularmente y la patata se libró así, poco a poco, de su estigma. Siendo sus resultados tan positivos, que a partir de este instante, el cultivo de este tubérculo, se extendió y adquirió gran importancia en la economía agraria, hasta el punto de que a finales del siglo XVIII, era considerado articulo de primera necesidad y uno de los principales cultivos.

(Federico II observando el cultivo de patatas)


La patata venia cultivándose en España en zonas de Galicia y Andalucía, pero como en el resto de Europa fue una crisis alimentaria la que abrió una oportunidad a este tubérculo. Para superar la hambruna de 1730-1735 ya que en esta época los castaños sufrieron una epidemia y se redujo sustancialmente la producción de castañas que eran la base de la alimentación en Galicia. Los monasterios feudales de la Galicia central obligaron a sus colonos a plantar y consumir la patata. Eran años de hambre y peste y los labradores fueron muy reacios a usar la patata como alimento ya que se le atribuía como la causante de la peste y otros males y se las conocía como la raíz del diablo.

Los ilustrados eran propicios a adoptar innovaciones agrarias de cara a mejorar la productividad y paliar las cíclicas crisis de subsistencias. Con este fin se adoptaron nuevas técnicas de cultivo y nuevas especies para cultivar. Con este antecedente, el irlandés Enrique Doyle sembró patatas en 1780 procedentes de su país para convencer al rey y a su ministro Floridablanca de las bondades del tubérculo.

Cinco años después se publicó una Real Orden con instrucciones a cerca de la cría, cuidado y uso de esta planta “cuyas utilidades son dignas de consideración”. Eran nutritivas, sanas y baratas y las sociedades de amigos del país ayudaron a difundir su cultivo y en pocos años se convirtieron en el rancho común de buena parte de los españoles.

(Carlos III comiendo ante su corte)


En torno a 1790 su uso se había extendido, pero originalmente se destinó en buena medida a la industria panadera, pues cocidas y mezcladas con harina y levadura se elaboraba un pan de patata que se mantenía fresco muchos días y era muy apreciado por las clases más populares.


Pero fue durante la Guerra de Independencia cuando su uso se extendió de forma definitiva para paliar las crisis alimentarias que se dieron durante este conflicto.

Por si alguien se lo pregunta, la tortilla española o de patata no surge en estos momentos (aunque existen múltiples teorías) sino posteriormente durante las guerras carlistas, según algunos como rancho de circunstancias pata la tropa o como cena improvisada para el general Zumalacárregui.


jueves, 29 de junio de 2017

LA POLÍTICA EXTERIOR DE CARLOS III


LA POLÍTICA EXTERIOR DE CARLOS III



En cuanto a la política exterior, Carlos III abandonando cualquier pretensión de hegemonía acepta jugar un papel dentro del sistema europeo de equilibrios entre poderes continentales. intentó mantener el prestigio español y su presencia colonial, amenazada por el expansionismo de Gran Bretaña y Francia, principalmente. Para ello, reformó el ejército e incrementó el poder naval español, hasta el punto de que pudo ser considerada en su época como la más poderosa después de la británica. Además, las Ordenanzas Reales que se dictaron sobre el ejército demostraron su eficacia, hasta el punto de que en parte aun se mantienen en vigor.

En política exterior fueron fundamentales 3 puntos u objetivos: Paz en el Mediterráneo para garantizar el comercio español en estas aguas, neutralizar a Gran Bretaña en las colonias americanas y recuperar Menorca y Gibraltar de manos de los ingleses; conseguiría recuperar la primera plaza pero no así la segunda que sigue siendo colonia británica.

Carlos III rompió la neutralidad que costosamente había mantenido Fernando VI. Una de sus primeras decisiones fue la participación en la Guerra de los Siete Años. Firmó el pacto de familia con Francia con el objetivo de restituir el equilibrio de fuerzas frete a los británicos en el escenario colonial atlántico-americano. Se trataba de una posibilidad arriesgada para proteger y conservar la integridad territorial de la monarquía y de sus colonias, al tiempo que aseguraba sus vías de comunicación.



Previamente los británico habían rechazado con desdén todas la reclamaciones españolas (ataques corsarios al comercio español, apresamiento de pesqueros españoles y las infiltraciones inglesas en Honduras). Las relaciones estaban muy tensas, pero fue la sucesión de victorias inglesas en Canadá frente a los franceses (Fort Niagara, Quebec…) las que decantaban la contienda a su favor y amenazaban, aún más, las posesiones españolas en el continente. España se alió con Francia por motivos de estado con el objetivo común de frenar el expansionismo británico. Pero los resultados fueron mediocres, ni las operaciones militares, ni el bloqueo comercial pudieron llevarse a cabo con la eficacia planeada. Los ingleses tomaron La Habana y Manila. La Paz de París (1763) que ponía fin al conflicto resultó desastrosa para Francia y de poco provecho para España. Recuperaba La Habana y Manila, devolvía Sacramento  a Portugal y cedía Florida a Inglaterra. Para compensar, recibía de Francia la Luisiana, con lo que desaparecía su presencia en el continente.



Con la Independencia de las Trece Colonias de Norteamérica, España encontró una nueva ocasión de desquitarse frente al inglés. Proclamada la Independencia de Estados Unidos el 4 de julio de 1776. Los colonos sublevados solicitaron las ayuda francesa y española. Los primeros intervinieron rápidamente, pero España dudó debido a las implicaciones que el apoyo a esta sublevación podía tener sobre sus propias colonias. Inicialmente proporcionó dinero, suministros y armamento a los sublevados, a la vez que abrió sus puertos a sus fuerzas navales. En 1779 España intervino directamente obligando a los británicos a redoblar sus esfuerzos por hacer frente a la flota hispano-francesa, defender sus costas y las posesiones mediterráneas. En 1782, se reconoce la independencia norteamericana y en 1782 se firma la Paz de Versalles. España salía beneficiad territorialmente, pues aunque no recuperó Gibraltar, si lo hizo con Menorca y las dos Floridas. Pero a un elevado coste para las arcas del estado y por la constatación de no haber frenado como esperaba a la potencia británica.




El surgimiento de un poder en las Trece Colonias, si que representó una amenaza para España, por un lado para la integridad territorial del impero español y por otro representó un precedente en el que fijarse por los sectores independentistas dentro de sus propias colonias.

Floridablanca desplegó la diplomacia española de cara a conseguir tres objetivos:
-      Reafirmar el papel de España dentro el continente europeo
-      La Búsqueda del equilibrio continental y marítimo, especialmente en el Atlántico y Mediterráneo
-      La ampliación de los intercambios comerciales y búsqueda de nuevos mercados para la economía española

En esta línea se produjeron los anteriores conflictos y  a la vez tendió puentes hacia Portugal y hacia la cuenca mediterránea.

Con Portugal buscó la alianza de cara a solucionar disputas territoriales en América y fomentar los intercambios comerciales que se materializó en el Tratado de San Ildefonso de 1777.




En una línea distinta, España estableció relaciones diplomáticas con Rusia, no tanto para frenar su expansión por la costa Noroeste del continente americano como por alejarla de la intervención en el conflicto de independencia de las trece Colonias. Inglaterra propuso su intervención a cambio de Menorca, pero finalmente permanecieron neutrales. El aislamiento de Gran Bretaña se redondeó aún más al conseguir que Rusia se adhiriera a la Liga de los Neutrales junto a Dinamarca Holanda Y Prusia.


Catalina II, Emperatriz de Rusia

Pero la diplomacia española llegó aún más lejos, hasta Turquía. España y Prusia frenarían las ambiciones de Austria Y Rusia sobre territorio turco a cambio de su salvaguarda de las rutas comerciales en el mediterráneo y el establecimiento de relaciones comerciales. Finalmente se utilizaría su influencia sobre las monarquías norteafricanas para materializar una acercamiento a Marruecos. De esta forma se preservaba el equilibrio en la península italiana y los intereses comerciales españoles.

(El embajador turco en la corte de Nápoles)

Para finalizar y debido a los ataques piratas del puesto de Salé, ignorando el acercamiento con Marruecos (que era incumplido con ataques ocasionales a posesiones españolas) se decidió organizar una expedición de castigo hacia Argel que fracasó estrepitosamente. Floridablanca reanudó la negociaciones en 1780 llegó a un  nuevo acuerdo con Marruecos, con óptimos resultados que dio paso a los subsiguientes tratados con las repúblicas berberiscas de Trípoli, Túnez y Argel en 1786.