jueves, 19 de octubre de 2017

DESARROLLO DE LA RED VIARIA NACIONAL



DESARROLLO DE LA RED VIARIA NACIONAL



Fueron los Borbones en el siglo XVIII los que comenzaron a impulsar el proyecto de la mejora de las calzadas. Su objetivo era adecuar las carreteras a la estructura centralizada del Estado y reforzar así las comunicaciones y atender a la demanda de los flujos comerciales que el comercio y la agricultura venían necesitando. Con los Borbones llega el concepto de “camino real”. Dentro de esta dinastía, especialmente Carlos III proyectará una red de caminos permanente en el país. La solución fue hacer una red radial de caminos reales que uniría la capital del Estado con las poblaciones más importantes. Además de unir entre otras poblaciones menos importantes.


Dentro de este proceso, apareció el primer mapa de carreteras de España, tan detallados como el llevado a cabo por los jesuitas Carlos Martínez y Claudio de la Vega entre 1739 y 1743, el primer mapa de carreteras de España.

Para trazarlo se sirvieron de datos astronómicos y utilizaron las técnicas cartográficas más modernas hasta el momento. En él aparece representado el territorio peninsular, exceptuando Galicia, Asturias, León, Castilla la Vieja (menos Ávila y Logroño) dado que en esos territorios no se habían llevado a cabo las operaciones geométricas necesarias. Las carreteras aparecen representadas en líneas finas de color rojo y negro, además de utilizar signos para indicar la situación de plazas, puentes, murallas… Aunque no aparezca representado el territorio español al completo, es el mejor mapa realizado hasta la fecha.
Pero el gran cambio se produjo en 1761 con la publicación del Real Decreto expedido “para hacer caminos rectos y sólidos en España”, que facilitasen el comercio entre las diferentes regiones. Tal y como reza el Real Decreto las operaciones de restauración empezaron por las vías principales y continuaron por las secundarías con el objetivo de mejorar las comunicaciones entre ellas:
“comenzando por los principales desde la Corte a las provincias, con asignación fija, y que concluidos éstos se vayan ejecutando todos los demás que aseguren la fácil comunicación de unas provincias con otras y aún de unos pueblos con otros”

Esta fue la primera disposición española similar a un plan general de caminos. Así, durante el reinado de Carlos III tiene lugar el nacimiento de la nueva red de carreteras con estructura radial centrada en Madrid. La obra consistía en la comunicación de Madrid con Andalucía, Cataluña, Valencia, Galicia, Burgos y Extremadura. Pronto se sumaron las carreteras de Madrid a Francia por Irún y de Madrid a Badajoz y a la frontera portuguesa.

El proyecto consistía en el ensanchamiento de antiguas vías, en el empedrado de ciertos tramos, en el aumento de la longitud de la red e, incluso, en la creación de nuevos trazados que acortaran distancias. Así, se conformaron dos tipos de caminos: los de ruedas, beneficiarios de las nuevas obras de infraestructuras realizadas, que facilitaban el traslado a través del uso de carros y carretas y que agilizaban el transporte, proporcionando una mayor velocidad y aumentando el volumen de mercancías transportadas por viaje; y, los caminos de herradura, que conformaban la antigua red y que no permitían un rápido ni eficaz transporte.

jueves, 5 de octubre de 2017

¡QUE VIVA EL ALCALDE!


¡ QUE VIVA EL ALCALDE !
 O 
LA REFORMA DEL LA ADMINISTRACIÓN LOCAL



En su búsqueda de una organización eficaz del aparato estatal, Carlos III decidió abordar la reforma de la administración. Abandonó instituciones y modos de la anterior Casa de los Austrias y adoptó nuevos modelos a imagen de la administración francesa.

Desde la llegada a España de la dinastía de los Borbones, los antecesores de Carlos III se habían caracterizado por la supresión de fueros y privilegios locales, en favor de un poder y una administración centralizada.

A nivel estatal lleva a cabo una progresiva sustitución de los "Consejos" por las "Secretarías de Estado".

 A nivel Regional se crea la figura del "Capitán General" para sustituir a los "Virreyes".

A nivel provincial se crea el cargo de "Intendente" como una figura que depende directamente de los consejos/secretrarías para contrarrestar el poder de las oligarquías locales que abusaban escandalosamente de la venta de "oficios" municipales.

Pero vayamos al marco político de esta situación. En 1766, algunas de las reformas emprendidas por este monarca fracasan o generan poca aceptación. A lo largo se ese año se van a producir graves disturbios, siendo el más conocido "el Motín de Esquilache". Tras él, el monarca va a frenar el ritmo de sus reformas o a echar marcha atrás con algunas. Por otro lado, para congraciarse con las clases populares y  buscando la aceptación de sus medidas emprende una serie de reforma para modernizar la administración local. 


Creó la figura de los Diputados y Personeros del Común para ordenar la política local de abastos y mitigar las carestías que habían desembocado en los anteriores levantamientos. Dos años más tarde se introdujo la figura de los Alcaldes de Quartel y Alcaldes de Barrio. Como apuntamos anteriormente, limitó las influencias de las oligarquías locales en la elección de los cargos municipales y abrió la participación popular en estos cargos por medio de la elección del "Sindico Personero" y el "Diputado del Común". Lo revolucionario de estas reformas estaba en que estas figuras no solo representarían la opinión popular sino que serían elegidos por sufragio de entre y por los vecinos de cada Ayuntamiento.




jueves, 28 de septiembre de 2017

LA REFORMA DEL EJÉRCITO


LA REFORMA DEL EJÉRCITO




Muchos han visto el final de la Guerra de Sucesión con el Tratado de Utrecht y el desmembramiento de los territorios bajo soberanía española como el inicio de la decadencia del poder español. Aunque las reformas de la nueva dinastía Borbón supusieron mejoras y modernización en muchos sentidos, la reputación de ejército y la marina dejaba mucho que desear. Un observador inglés escribía a comienzos del siglo XVIII “Aunque España ha hecho algún avance al comienzo del siglo, las tropas españolas siguen desanimadas, ahogadas, pobres, no pagadas, desnudas, sin oficialidad, un paquete indisciplinado de miserias”.

Felipe V comenzó las reformas en el ejército reorganizándolo, modernizándolo y aumentando sus efectivos gracias a Patiño (verdadero transformador del ejército). Con esta herramienta emprendió una serie de campañas y expediciones limitadas conforme a las posibilidades económicas de la Hacienda Real (Cerdeña, Sicilia, Orán, etc.).


Los efectivos disponibles para la defensa de tan vastos territorios eran proporcionalmente reducidos y la unidad básica de infantería era el “Tercio”, que se encontraba claramente desfasado para las técnicas y agrupaciones de la época. El Ejército francés pasó a ser el espejo en el que se basan la reformas de las fuerzas españolas. En 1704 comenzó la transformación de los antiguos tercios españoles (infantería y caballería) en nuevas unidades denominadas regimientos. De esta forma la unidad básica pasaba de 3.000 a 600 hombres y en su denominación desaparecía el nombre de su comandante por la denominación geográfica de su procedencia, a pesar de lo cual pervivieron muchas tradiciones el ejército de los Habsburgo.



Paralelamente al resto de Europa se inició una progresiva profesionalización del ejército, tanto en tropa, como sobre todo en mandos. Comenzó así la formación académico/militar de la oficialidad, cuya procedencia deja de ser un monopolio de la aristocracia.

Carlos III pretendía situar a España entre las principales potencias europeas, para lograrlo una de las reformas que primero emprendió fueron las de la armada y el ejército. Esta necesidad se hizo evidente tras la participación de España en la Guerra de los Siete Años (1756-1763) en la que el ejército demostró una patente falta de preparación.

El monarca prestó gran atención a los asuntos militares. A pesar de las importantes transformaciones comenzadas con su abuelo, la realidad imponía la ampliación y continuación de estas.

Carlos III dejó un poco de lado el modelo francés y se fijó en el modelo prusiano, para lo cual comisionó varios oficiales para que visitasen las principales academias prusianas. Con estos datos renovó el sistema de enseñanza militar. 


En 1764, las escuelas de artillería de Cádiz y de Barcelona se unificaron y se establecieron en Segovia. Paralelamente, se dotó a este cuerpo con cañones pesados y con este fin se crearon fundiciones en Liérganes y La Cavada, Sevilla y Barcelona y se recurrieron a expertos fundidores extranjeros.

También fundó la Academia Militar de Ávila para reformar la caballería, infantería e ingenieros. La Academia de infantería de Ávila pasó a Puerto de Santa María posteriormente, la de caballería se instaló en Ocaña y la de artillería en Segovia.

La infantería adoptó la táctica de línea con tres en fondo, lo que permitía gran potencia de fuego, pero requería gran disciplina de movimientos. También se desarrolló una infantería ligera que luchaba a modo de guerrilla como estaba de moda en Europa en ese tiempo.


La caballería fue entrenada para cargas masivas coordinadas, aunque no se abandonó la antigua fuerza de dragones que actuaba más individualmente. 


También se trató de abordar otro de los problemas crónicos del ejército español: los abastecimientos o logística en todas sus facetas: alimentos, pólvora, balas, uniformes, botas… Por decreto 4 de octubre de 1766 se adjudicaron pagas a los soldados. También se les adjudicó uniforme ya que en algunos casos el soldado tenía que comprar su propia comida y parte de su equipo. Paralelamente se trató de normalizar y racionalizar los suministros y de controlar la labor de los intendentes.


Aumentó y reorganizó las milicias provinciales. Una ordenanza de 1766 mandó reclutar milicias en las principales poblaciones de España. El número de soldados de la milicia se distribuía en función del vecindario de cada pueblo de la provincia. Los requisitos de ingreso eran semejantes a los que exigía el ejército. Las milicias permanecían normalmente en la provincia de origen de los reclutas. Los milicianos tenían un fuero especial, semejante al militar. Y desde un cuerpo de milicias se podía pasar al ejército regular.

Modificó el sistema de recluta introduciendo el sistema de quintas. Hasta el momento el ejercito cubría sus necesidades de reemplazos de varias formas. Voluntariamente mediante el enganche o recluta con el que su cubrían parcialmente las necesidades de hombres que no se alcanzaban de forma convencional e incluían extranjeros (p.e. regimientos valones o italianos). Forzosamente mediante las levas forzosas, a las que se recurría de forma eventual en períodos de guerra y mayor necesidad de hombres. Fueron famosas las "levas forzosas de vagos y malentretenidos", suponían la inclusión de criminales, mendigos y vagos. Este colectivo hacía muy difícil la disciplina militar y pronto se abandonó. También obligatorio era el sistema de quintasEn 13 de diciembre de 1770 se implantó el sistema de quintas anuales, modificando el sistema de reemplazos en el ejército o realización de quintas cuando parecía conveniente. Carlos III había constatado que los regimientos no podían cubrir sus bajas con la recluta ordinaria y por ello dio la Real Orden de 13 de noviembre de 1770 imponiendo un sistema de quintas para mozos de 17 a 36 años por sorteo en quintas. Los afectados por el sorteo no podrían ser sustituidos, pero debían poseer las mismas condiciones físicas que se exigían a los reclutas ordinarios aunque eximían a muchos colectivos. Esta Real Orden estuvo vigente hasta 1800.

Pero la principal aportación de Carlos III fueron Las Ordenanzas militares de 1768En 1768 se aprobaron las Ordenanzas de S.M. para el Régimen, Disciplina, Subordinación y Servicio de sus Ejércitos de 22 de octubre de 1768.  Carlos III realizó unas nuevas y exhaustivas Reales Ordenanzas para el ejército que era un compendio que regulaba prácticamente todos los aspectos necesarios para el funcionamiento del ejército, y que estuvieron formalmente vigentes hasta la reforma de 1978, las más longevas. 


Se organizaba el ejército en regimientos y se establecía su régimen económico. 
Se fijaban los deberes y competencias de cada escalafón militar, lo cual era la primera vez que se hacía, y pareció una afrenta a los nobles, sobre todo porque fijaba los ascensos sin tener en cuenta la posición social ni la antigüedad en el ejército, sino la idoneidad para el cargo.
Se fijaban los honores militares debidos a las autoridades del Estado y del ejército.
En infantería y caballería se incorporaron tácticas prusianas de formación militar, manejo de arma y evoluciones de la infantería, y se cambió del tradicional orden de combate profundo francés, al orden abierto prusiano.
Se fijaban los trabajos de guarnición en tiempos de paz.
Se fijaban los servicios en tiempos de campaña militar.
Se organizaba la justicia militar.
El soldado debía permanecer 7 años si servía en infantería, u 8 en caballería, y eran equivalentes a 10 los años de servicio en milicias de cara a los cambios de destino entre ellos. 

En resumen, Carlos III puso las bases de un ejército permanente, nutrido principalmente, por un servicio militar obligatorio de quintas y modernizado en material, técnicas y formación.





jueves, 21 de septiembre de 2017

PASIÓN POR EL CHOCOLATE


PASIÓN POR EL CHOCOLATE EN EL MADRID DE LAS LUCES



Como decía Jovellanos, el siglo XVIII español fue un siglo sembrado de «semillas de luz», que con el correr del tiempo darían «frutos de ilustración y de verdad». «El glorioso empeño de ilustrar la nación para hacerla dichosa», en expresión también de Jovellanos, se manifestó a lo largo del siglo de mil modos y maneras, y no fue el menor empeño lograr que los españoles tuvieran una mejor alimentación.
El progreso general ofreció a la mayoría una mesa más abundante, más variada y de más calidad.
Característico de la época fue el triunfo de productos antes exóticos como el tomate, el chocolate y el café, que se hicieron cotidianos, en tanto que otros comenzaron entonces a introducirse con dificultades, como la patata como ya hemos visto antes.
El chocolate fue la primera bebida estimulante no-alcohólica que llegó a España y a diferencia de otros productos alimenticios americanos, fue aceptado rápidamente.
Con la llegada al trono español de la casa de los Borbones los monarcas se aficionaron rápidamente a esta bebida.

Previamente, el cacao había llegado a España con Hernán Cortés, quien la introdujo en la corte. Este chocolate en su preparación original tuvo una aceptación relativa.
Pero será la mezcla de cacao con azúcar, canela y vainilla cuando el chocolate alcance su forma más aceptada. Su uso se popularizó entre todas la clases sociales.

Llegados a este punto, como el suministro de cacao era muy irregular, Felipe V decidió dar un impulso a su comercialización creando una compañía comercial (La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas) que garantizara su suministro. De esta forma se multiplicaron los puestos de chocolate en la calles de Madrid. Según un manuscrito del Archivo Histórico Nacional en los últimos años de ese siglo se había “introducido de tal manera el chocolate y su golosina, que apenas se hallará calle donde no haya uno, dos y tres puestos donde se labra y vende; y a más de esto no hay confitería, ni tienda de la calle de Postas, y de la calle Mayor y otras, donde no se venda, y solo falta lo haya también en las de aceite y vinagre”. Aunque donde se disparó el consumo fue en la corte. Ya en tiempos de Carlos III, llegó a demandar 12 millones de libras de chocolate al año. Aunque esta popularización llegó a tener un efecto negativo en la incipiente industria chocolatera española, pues las costumbres del momento llevaban a moler y preparar el chocolate en casa, costumbre que limitó el despegue de este sector.

¿Pero que sabemos de Carlos III y el chocolate?. Es conocida la austeridad y rigidez o rutina en las costumbres de monarca al que solo se le conocían dos pasiones: la caza y el chocolate. Frugal en la comida, tenía verdadera pasión por el chocolate, no en vano era su desayuno preferido, todas la mañanas almorzaba una jícara antes de comenzar a trabajar, siempre en la misma taza y solicitaba que se empleara en su repostería. Apreciado por el monarca,y según su biógrafo "cuando había acabado la espuma entraba en puntillas con la chocolatera un repostero, y como si viniera  a hacer algún contrabando, le llenaba de nuevo la jícara". En la corte se convirtió en “producto estrella” de desayunos y meriendas dándoles una nueva dimensión social. Su apreciación hizo del chocolate el regalo ideal entre las clases altas e incluso como regalos de estado.

Una curiosidad: La difusión del chocolate por Europa hizo que surgieran diferencias nacionales. En Francia el cacao se mezcló con azúcar y leche. Se tomaba batido y espumoso y preferentemente frío, mientras que en España se prefería la forma americana de preparar el chocolate con canela y vainilla, espeso y muy caliente. De esta diferencia nació en el siglo XVIII el dicho “las cosas claras y el chocolate espeso”.

jueves, 14 de septiembre de 2017

LIMPIANDO MADRID


LIMPIANDO MADRID



Cuando Carlos III llega a Madrid se encuentra una ciudad con un aspecto deplorable en lo tocante a la limpieza pública. 

En 1760 contaba con algo menos de 150.000 habitantes, para los que no contaba con agua suficiente y las calles no merecían el nombre de tales. El invierno era particularmente dramático: el lodo confería a la ciudad un aspecto de degradación y suciedad aumentado. Fernán Núñez, el biógrafo oficial del rey, no duda en calificar a la capital de auténtica "pocilga": lodos, basuras y excrementos componían un cuadro indescriptible y maloliente.



He aquí, descrito por Fernán Nuñez, el insólito procedimiento de limpieza:

"La villa tenía una porción de carros o cajones bajos, sin ruedas, que en lugar de ellas tenían unos maderos redondos, tirados por una mula, que dirigía el que iba de a pie, y así se iba arrastrando todo lo grueso de la inmundicia. Este paseo, que generalmente se hacía de noche, iba precedido por gentes con hachas, que marchaban delante, a los lados y detrás de los carros y enseguida de éstos venían muchos hombres en una fila, con escobas, que iban barriendo lo que ellos no podían arrastrar. Esta pestífera comitiva cuya fetidez, como puede creerse, se anunciaba desde muy lejos, se dirigía a a varias alcantarillas, sumideros grandes que había en varios puntos de la villa, cuyas casas inmediatas estaban infectadas de sus hálitos".

Y comenta graciosamente:

"Si Don Quijote se hubiera encontrado de noche este pestífero y lúgubre acompañamiento, es probable creyese que todas las parcas del abismo venían a caer sobre él, y que hubiese ensuciado su lanza contra aquella inmunda comitiva para deshacer un entuerto que seguramente ya había ocasionado más de cuatro".

Este curioso procedimiento de limpieza había sido bautizado con el nombre de "la marea".

Por otra parte, los cerdos paseaban libremente por la ciudad, no había prácticamente iluminación nocturna y toda clase de ladrones esperaban en las esquinas al ingenuo que se aventurase a pasear más allá del atardecer. Con todo esto, la necesidad de llevar a cabo una profunda reforma resultaba imperiosa. 

Procedente de su apacible palacio napolitano, Carlos III debió quedar estupefacto ante tan increíble estado de cosas. Y pronto presentó Carlos III un proyecto de reforma de la villa que fue aprobado por el Consejo. Básicamente ordenaba limpiar las calles y empedrarlas; los caseros deberían "embaldosar el frente y costados, colocar canales en toda la anchura del arroyo, construir conductos para las aguas de la cocina y otras menores de limpieza, con sumideros o pozos para las aguas mayores". Las basuras serían recogidas y trasladadas fuera del casco urbano. Quedaba prohibido la presencia de cerdos en las calles. Se creaba una policía urbana para mantener el orden y sería obligatorio que en las escaleras luciera un farol.

Lo chocante es que el pueblo madrileño acogió mal estas medidas, como si le costase desprenderse de tanta suciedad. Entonces comentó Carlos III:

“Mis vasallos son como los niños: lloran cuando se les lava..."

Esquilache movilizó todas sus energías para que se cumplieran las disposiciones. Sabatini se concentró en proyectos de embellecimiento y hasta diseñó unos carros de basuras que, con malicia, el pueblo bautizaría con el nombre de "chocolateras de Sabatini".



Una resistencia tan incomprensible sólo podía llevar a Carlos III a concluir que era aquel un pueblo anclado en infantiles torpezas, con lo cual quedaba bien justificado para él el principio de gobernar "para el pueblo pero sin el pueblo"

jueves, 20 de julio de 2017

MEJORANDO HÁBITOS


COMIENZA A USARSE EL AGUA DE COLONIA




Dentro de las numerosas reformas que Carlos III emprendió se encuentran los campos de la higiene y las costumbres. Cuando llegó a Madrid la suciedad y la falta de hábitos higiénicos era evidente entre sus súbditos. Los cambios que traía, supusieron más de una resistencia, aunque eso será materia en otras publicaciones, pero no a todos.

(agua de colonia de uso masculino en envase de "bota")

En aquellos años, se puso de moda entre las mujeres, especialmente de la aristocracia el uso del agua de colonia, “Eau de Cologne”, creada a principios del siglo XVIII por el italiano de origen español Giovanni María Farina (1685-1766). Esta fragancia al ser más suave que el perfume francés se hizo muy demandado por la élite femenina española. Su nombre proviene de la ciudad alemana de Colonia (Köln) donde fue creada en 1709.  

(Farina mostrando por primera vez su producto)

Aunque su uso pronto alcanzó éxito en los territorios germanos, fue Francia su principal consumidor. Primero se popularizó entre los oficiales de los ejércitos franceses acantonados durante la Guerra de los Siete Años. Luego, ellos mismos propagaron su distribución, pues les mandaban ejemplares a sus esposas, novias y amigos. 

Fue tan grande la demanda del agua de Colonia en ese país, que la década de los años 1750 a 1760, se consideró prácticamente un negocio francés.

La fama de este producto pronto llegó a España, lo que junto a la influencia francesa hizo que ponto fuese adoptada por las damas de la corte. Aunque inicialmente estaba pensada para ser usada por mujeres y hombres (especialmente asociado al afeitado ya que Farina era barbero) no tuvo tanta aceptación entre en género masculino peninsular, menos propenso a los cambios de hábito, aunque ese aspecto ya lo veremos cuando abordemos el motín de Esquilache. 

jueves, 6 de julio de 2017

CUANDO LAS PATATAS LLEGARON A NUESTRAS MESAS


LA PATATA: CARLOS III EL IMPULSOR DE SU CONSUMO
(El movimiento de la Ilustración, atento a todos los progresos agrícolas del momento, apostó por fomentar la siembra de nuevas especies para solucionar el problema del hambre y la carestía del trigo. Así, apadrinada por los ilustrados franceses, fue como la patata triunfó por fin en España.)


Al igual que en España, existe cierto embrollo a la hora de fechar la llegada de la patata al resto de Europa. Es posible que viajara a Nápoles y Flandes de la mano de los tercios españoles, que la consumían como alimento barato para soldados y animales de carga. A otros países llegó directamente de América o a través de botánicos y naturalistas o por relaciones diplomáticas debido a que se le atribuían propiedades medicinales.
(Esquema de la difusión del cultivo de la patata)

A mediados del siglo XVI la papa estaba ya presente en Inglaterra, Irlanda, Italia, los Países Bajos y Alemania. A pesar de la reticencia inicial de los labradores, demostró ser un cultivo ideal: crecía en tierras frías, daba grandes cosechas y podía sustituir los hidratos de carbono del trigo u otros cereales en la alimentación.
(Los comedores de patatas de Van Gogh)
Su popularidad se incrementó durante la Pequeña Edad de Hielo del siglo XVIII y en épocas de guerra, puesto que al estar oculta dentro de la tierra no era arrasada por los ejércitos enemigos.
El éxito de la patata se hizo esperar. Antoine Parmentier, agrónomo y farmacéutico mayor de la Casa Real de los Inválidos e introductor de la patata en Francia, conoció de primera mano los beneficios alimenticios del tubérculo en sus días como prisionero de Prusia durante la Guerra de los Siete Años.
(Antoine Parmentier)

Hasta el momento era un cultivo de jardín apreciado por la estética de sus flores o al que se le atribuían propiedades medicinales o afrodisíacas, destinado a la alimentación del ganado, principalmente para los cerdos o  para los indigentes de los hospitales o prisiones.
Ya de vuelta a Francia, se dedicó a los estudios de nutrición y centró su atención en esta planta, cuyo cultivo estaba prohibido en Francia por considerar que causaba la lepra.
Las frecuentes crisis alimentarias hacían urgente encontrar fuentes de alimentación alternativas ,y en este sentido,  la Academia de Besançon convocó un concurso en 1772 para encontrar “plantas capaces de sustituir las comidas habituales para alimentar al hombre en épocas de escasez” que fue ganado por Parmentier. Pero a pesar de su encendida defensa de este cultivo, no logró superar la reticencia general.
Viendo la cerrazón mental tan extendida, Parmentier recurrió a la astucia. En 1787: plantó patatas en cincuenta y cuatro fanegas de tierra que el rey Luis XVI le concedió en las afueras de París y puso guardias a vigilarlas de noche, dando a entender su gran valor y advirtiendo a los centinelas para que hicieran la vista gorda ante posibles robos. La gente dedujo que si los privilegiados apreciaban tanto la patata no debía ser tan mala.

Dicho y hecho, las parcelas eran saqueadas regularmente y la patata se libró así, poco a poco, de su estigma. Siendo sus resultados tan positivos, que a partir de este instante, el cultivo de este tubérculo, se extendió y adquirió gran importancia en la economía agraria, hasta el punto de que a finales del siglo XVIII, era considerado articulo de primera necesidad y uno de los principales cultivos.

(Federico II observando el cultivo de patatas)


La patata venia cultivándose en España en zonas de Galicia y Andalucía, pero como en el resto de Europa fue una crisis alimentaria la que abrió una oportunidad a este tubérculo. Para superar la hambruna de 1730-1735 ya que en esta época los castaños sufrieron una epidemia y se redujo sustancialmente la producción de castañas que eran la base de la alimentación en Galicia. Los monasterios feudales de la Galicia central obligaron a sus colonos a plantar y consumir la patata. Eran años de hambre y peste y los labradores fueron muy reacios a usar la patata como alimento ya que se le atribuía como la causante de la peste y otros males y se las conocía como la raíz del diablo.

Los ilustrados eran propicios a adoptar innovaciones agrarias de cara a mejorar la productividad y paliar las cíclicas crisis de subsistencias. Con este fin se adoptaron nuevas técnicas de cultivo y nuevas especies para cultivar. Con este antecedente, el irlandés Enrique Doyle sembró patatas en 1780 procedentes de su país para convencer al rey y a su ministro Floridablanca de las bondades del tubérculo.

Cinco años después se publicó una Real Orden con instrucciones a cerca de la cría, cuidado y uso de esta planta “cuyas utilidades son dignas de consideración”. Eran nutritivas, sanas y baratas y las sociedades de amigos del país ayudaron a difundir su cultivo y en pocos años se convirtieron en el rancho común de buena parte de los españoles.

(Carlos III comiendo ante su corte)


En torno a 1790 su uso se había extendido, pero originalmente se destinó en buena medida a la industria panadera, pues cocidas y mezcladas con harina y levadura se elaboraba un pan de patata que se mantenía fresco muchos días y era muy apreciado por las clases más populares.


Pero fue durante la Guerra de Independencia cuando su uso se extendió de forma definitiva para paliar las crisis alimentarias que se dieron durante este conflicto.

Por si alguien se lo pregunta, la tortilla española o de patata no surge en estos momentos (aunque existen múltiples teorías) sino posteriormente durante las guerras carlistas, según algunos como rancho de circunstancias pata la tropa o como cena improvisada para el general Zumalacárregui.